Dayu sometió las aguas

Se dice que en la remota antigüedad en China hubo una gran inundación que acarreó inimaginables desgracias a la gente: la tierra se convirtió en un inmenso mar, los sembrados quedaron anegados y las casas destruidas; la gente, ayudando a los ancianos y llevando en brazos a los pequeños, se refugió en las montañas o subió a los árboles.

Pero poco después, al no poder soportar los embates del viento y la lluvia, y en particular por no haber podido encontrar alimentos, muchos murieron de hambre o de frío. Aquellos que tuvieron la suerte de refugiarse en las grandes montañas, pudieron vivir en cuevas o en chozas construidas con las ramas de los árboles y calmar el hambre comiendo hierbas silvestres y cortezas. Simultáneamente, las fieras y las serpientes venenosas también se refugiaron en las grandes montañas, amenazando a la gente. ¡No se sabe cuántos murieron diariamente de hambre, de frío o por el ataque de las fieras!

La gente no tuvo más remedio que recurrir al Soberano del Cielo y suplicarle que sometiera las aguas, pues de lo contrario todos morirían. No obstante, al Soberano del Cielo lo único que le interesaba era divertirse en su palacio, alejado totalmente de los seres humanos y despreocupado por la suerte que corrían.

Sin embargo, un nieto del Soberano del Cielo, un dios llamado Gun, conmovido ante los sufrimientos del pueblo, decidió interceder ante su abuelo para que oyera las demandas de la gente. A pesar de su rango, no le fue fácil entrevistarse con su abuelo. Había pedido audiencia muchas veces, pero siempre era detenido por los guardianes o le notificaban que el Soberano del Cielo estaba muy ocupado y no tenía tiempo para celebrar entrevistas.

Un día, sintiéndose muy afligido, Gun irrumpió por la puerta del cielo, sin reparar en nada y dispuesto a exponer sus inquietudes al Soberano del Cielo. Los guardianes no tuvieron más remedio que informarle a su superior y lo llevaron al palacio.

En ese momento, el Soberano estaba divirtiéndose : delante de él había diversos frutos preciosos mientras que un grupo de hadas estaban bailando. Al ver que su nieto había irrumpido allí, el Soberano del Cielo le preguntó fríamente:

  • ¿Cuál es el asunto tan urgente?
  • Abuelo, las aguas han inundado el mundo y los hombres están sufriendo una desgracia. ¡Hay mucha pobreza! ¡Debemos someter las aguas! — respondió Gun.
  • ¡No es posible! —dijo enfadado el Soberano del Cielo — Los seres humanos han cometido muchos crímenes y deben ser castigados con calamidades. Además, no tengo suficiente tiempo para ocuparme de sus asuntos. ¡De ahora en adelante, espero que no me importunes más!

Gun tuvo que retirarse silenciosamente. Su corazón estaba atormentado por las amarguras del pueblo. Andaba de un lado al otro, meditando.

  • "¡Debo salvar a toda costa a la humanidad de la muerte!" —cavilaba.

Pero, ¿qué podría hacer si todo el poder estaba en manos de su abuelo?

Las aguas continuaron subiendo a tal punto, que cubrieron las colinas y los montes. La escena era terrible: las aguas turbias se extendían por todas partes mientras la gente gritaba desesperadamente en las cumbres de las montañas. El mundo y los seres humanos estaban a punto de desaparecer.

Gun sabía que lo único que podía contener la inundación era un tesoro mágico llamado "Tierra Viviente", que era un terrón de color amarillo, Aunque sólo tenía unos cuantos centímetros cuadrados de tamaño, su peso era extraordinario. Con sólo colocarla en la tierra y decir "¡Crece!", en un abrir y cerrar de ojos aumentaba su tamaño en varios kilómetros, luego en varias decenas de kilómetros y finalmente en varios ciento de kilómetros, expulsando las aguas en todas las direcciones y descubriendo la tierra.

Pero la "Tierra Viviente" estaba bajo la custodia del Soberano del Cielo y era muy difícil obtenerla.

Cierto día que pasaba volando un gavilán, Gun, como por arte de magia, lo detuvo, diciéndole:

  • ¿Has visto que la gente está sufriendo calamidades?
  • Claro que sí; las aguas corren impetuosamente y la humanidad está a punto de ser exterminada — respondió el gavilán.
  • Como siempre te paseas volando dentro y fuera del palacio, a lo mejor podrías contarme algo que quiero saber.
  • ¿A qué te refieres ?
  • Para someter las aguas es necesario conseguir la "Tierra Viviente" que tiene mi abuelo, el Soberano del Cielo. ¿Sabes acaso dónde guarda el tesoro.
  • No me he dado cuenta — dijo el gavilán, meditabundo —. Pero lo debe guardar en el palacio posterior. Allá hay muchos cofres de jade y he oído decir que él guarda todos sus tesoros en ellos.
  • Entonces, averiguarlo por favor, ya que de ello depende la salvación de la humanidad.

El gavilán asintió con la cabeza y se alejó. Como ya anochecía, las puertas celestiales habían sido cerradas. Entonces entró volando al palacio posterior y se posó en la parte exterior de una de las ventanas. Desde allí pudo ver claramente que en el recinto había muchos cofres de jade ordenados en hilera, cada uno de los cuales tenía grabados caracteres dorados, tales como "Elixir de la Inmortalidad", "Garrote de Mil Años", "Soga para Subir al Cielo". ¡Y entre todos ellos, en un rincón, se distinguía uno con la leyenda "Tierra Viviente"!

El gavilán regresó inmediatamente adonde Gun para contarle lo que había visto.

Pero se presentó otro problema. El gavilán no podía llevar el tesoro con la boca por su peso extraordinario. Entonces Gun fue rápidamente hasta el río del cielo para pedirle ayuda a la gigantesca tortuga inmortal, que era la única capaz de cumplir esta tarea. En efecto, la tortuga estaba allí, dando un paseo por la ribera. Gun le refirió todo lo acaecido y ella asintió moviendo la cabeza.

Luego, dejándose guiar por el gavilán, la tortuga inmortal llegó hasta el palacio posterior donde abrió un agujero en la pared y penetró. Con todas sus fuerzas, ambos lograron apoderarse de la "Tierra Viviente". Acto seguido, la tortuga la llevó a cuestas. Cuando llegó al río estaba empapada en sudor y sofocada.

Eufórico al ver el tesoro, Gun le pidió a la tortuga que lo transportara al mundo de los seres humanos y lo colocara en la tierra. Y tan pronto como Gun dijo "¡Crece!" la "Tierra Viviente" empezó a aumentar de tamaño, expulsando las aguas en todas las direcciones.

Finalmente, la humanidad se salvó y los refugiados regresaron a sus lugares natales. Llenos de contento, comenzaron una nueva vida, cultivando los campos y reconstruyendo las casas.

Sin embargo, al poco tiempo el Soberano del Cielo se enteró del robo de la "Tierra Viviente". Lleno de cólera, hizo llamar a Gun, a quien dijo en tono severo:

  • ¡ Cómo te has atrevido a robar mi tesoro! ¿Acaso eso no significa rebelión?

Como estaba convencido de que su acción había sido justa, Gun, envalentonado, le respondió a su abuelo en tono enérgico:

  • El mundo pasó por una catástrofe. Los seres humanos perdieron sus hogares y sus medios de subsistencia. Creo que hubiera sido injusto no tratar de salvar a los que estaban luchando contra la muerte.
  • ¡Cállate! ¿Cómo te atreves a ofenderme?— replicó ensoberbecido el Soberano del Cielo al tiempo que echaba rayos y centellas. Inmediatamente le ordenó a su subalterno Zhu Rong que ejecutara a Gun en Yushan, un sitio del polo norte, y que recuperara cuanto antes la "Tierra Viviente".

La furia de las aguas volvió a hacer estragos y la gente, que apenas acababa de establecerse, se vio obligada a huir para salvar la vida.

Aunque Gun había muerto, su corazón ardoroso y justiciero siguió viviendo. Luego de tres años, el cadáver de Gun seguía intacto, sin corromperse. El Soberano del Cielo, asustado y preocupado porque de pronto Gun resucitara para vengarse, envió a un general celeste para que le abriera el vientre a aquél. Pero, de improviso, el abdomen de Gun se abrió y su corazón se volvió persona: su hijo Da Yu. Inmediatamente, Gun se hundió en el río Yuyuan y desapareció nadando, convertido en un pez mágico.

Al igual que su padre, Da Yu era un dios bondadoso y honrado, pero más inteligente y más valeroso. Para continuar la obra inconclusa de su padre, decidió llevar a término la salvación de la humanidad.

Era tanto el odio que abrigaba hacia el Soberano del Cielo, que jamás fue a verle. En lugar de ello, decidió dirigir a los hombres para someter las aguas valiéndose de sus poderes mágicos.

Como sabía que las inundaciones eran provocadas por los genios de las montañas y los demonios del agua que estaban bajo las órdenes de Gong Gong, el dios del agua, resolvió eliminar primero a estos malvados.

Para tal fin, reunió a los diversos dioses en la montaña Maoshan, un lugar ubicado a la orilla del Mar del Este.

Esta era una causa justa compartida por todos. A la reunión asistieron numerosos dioses, entre ellos Po Yi, el dios de los pájaros, Wu Mu You, el dios de los árboles, Tung Lü, el dios de las reglas del cielo, Geng Chen, el dios del tiempo; también se hicieron presentes el dragón sin cuernos y con una sola pata, el dragón alado, y otras criaturas fantásticas.

Los asistentes manifestaron que la zona de la montaña Tungpo, en las planicies centrales, era la que sufría la inundación más grave. Este lugar estaba bajo el dominio de Wu Zhi Qi, el astuto y cruel dios de los ríos Huai y Wo, cuya fisonomía era la de un mono. De frente alta, nariz chata, cabeza blanca y cuerpo negro. Tenía los ojos relucientes como el oro y colmillos tan blancos como la nieve. Podía alargar su cuello hasta cien pies y su fuerza era tan descomunal, que era capaz de soportar a nueve elefantes. Generalmente aparecía y desaparecía en el agua y era muy ágil y difícil de capturar. Además, era el subalterno favorito de Gong Gong. Por eso, valiéndose de sus poderes, levantaba a menudo olas y viento, actuando a su antojo en el lugar. Precisamente, Da Yu había presenciado en tres oportunidades la terrible escena.

Siguiendo las órdenes da Da Yu, Tung Lü y Wu Mu You fueron los primeros en salir a pelear, pero no lograron vencer a Wu Zhi Qi. Después, Da Yu mandó a Geng Chen. A pesar de su agilidad, Wu Zhi Qi no logró escapar de las manos de Geng Chen. Justamente, cuando intentaba huir zambulléndose en las aguas, fue alcanzado por la lanza de Geng Chen y capturado. Por orden de Da Yu, fue confinado al pie de la montaña de la Tortuga, en el curso inferior del río Huai. Allí lo ama rraron con cadenas al cuello y le colocaron una sarta de timbres de oro en las ventanas de la nariz para que no volviera a actuar a su antojo.

El paso siguiente era atacar a Gong Gong, quien por aquel entonces se encontraba en la zona de Kongshan. Para evitar que éste huyera al enterarse de la noticia, Da Yu convocó otra reunión en Maoshan con el propósito de organizar un cerco. Pero, debido a que el dios que contenía los vientos, el cual debía participar en la batalla, no llegó en el momento previsto, Da Yu perdió un tiempo precioso. Durante este lapso de tiempo, Gong Gong logró informarse de que el dios de los ríos Huai y Wo había sido capturado y que los dioses querían emprender una expedición contra él. Inmediatamente hizo que las olas y el viento se levantaran e inundaran la zona de Kongshan. Aprovechándose del caos, huyó sin dejar huellas. Cuando llegó el dios que contenía los vientos a la montaña Maoshan, fue ejecutado por Da Yu por haber sido el causante del retraso. Se dice que aquella montaña recibió posteriormente el nombre de Huiji para honrar la memoria de Da Yu.

Después de la huida de Gong Gong, la tarea más apremiante era conducir las aguas al mar. Para tal fin era necesario conocer primero la topografía. Da Yu dio órdenes a dos de sus subalternos, Da Zhang y Jian Hai, para que midieran la tierra. Da Zhang caminó desde el extremo Este hasta el Oeste y obtuvo la cifra de 100.016.750 kilómetros y 225 pies. Jian Hai, por su parte, caminó desde el extremo Norte hasta el Sur y logró exactamente la misma cifra. Ambos informaron que, además de los ríos que corrían a lo largo y a lo ancho de la tierra, habían descubierto numerosos abismos enormes y profundos. En efecto, no era fácil encauzar las aguas en aquella inmensidad.

Pero cuando hay fuerza de voluntad se logra éxito. Da Yu no se asustó ni mucho menos por las dificultades y se entregó con cuerpo y alma a realizar los trabajos para someter las aguas. Junto con varios de sus subalternos, atravesó montañas y ríos, desafiando el viento y la lluvia, cruzó los nueve continentes y recorrió diez mil países. En su correría experimentó innumerables aventuras y llegó a muchos lugares despoblados, donde vio muchas cosas sorprendentes las cuales les contaré en el capítulo siguiente.

Durante los trabajos, Da Yu obtuvo la ayuda de los dioses de diversos lugares. Cierta vez, cuando estaba observando la configuración del terreno en el monte Lungmen, Fu Xi, que vivía allí en una cueva, le obsequió el "Plano de los Ocho Diagramas", cuyos símbolos señalaban la naturaleza del cielo, la tierra, el viento, el trueno, el agua, el fuego, las montañas y los lagos, y los métodos para someterlos y utilizarlos. En el capitulo que contaré mañana sabrán ustedes el origen de estos antiguos signos del taoísmo recogidos en el Libro de las Mutaciones, y con los cuales se descubre el futuro.

En otra ocasión, cuando estaba investigando la fuerza de la corriente a lo largo del río Huanghe, apareció de repente un monstruo por entre las olas, de rostro humano y cuerpo de pez, el cual le regaló el "Mapa de los Ríos". Según se dice, éste era Feng Yi, una divinidad del río Huanghe. El mapa señalaba la orientación y la fuerza de la corriente de todos los ríos grandes y pequeños en las planicies centrales. Ahora que disponía de estos materiales de referencia, y considerando sus propias experiencias, Da Yu estaba seguro de poder someter las aguas.

De inmediato se inició la construcción de obras hidráulicas. Da Yu, portando una azada y un canasto, dirigió a millares de personas para que cavaran lagos, construyeran diques, acarrearan tierra y rellenaran abismos. La tortuga inmortal también colaboró en las obras. Esta podía transportar una colina de un solo viaje y llenaba un profundo abismo al término de pocas jornadas. La ayuda que prestó el dragón alado también fue muy valiosa. Con su cola, tan dura como el acero, excavaba la tierra y podía dragar varios ríos en el lapso de un día.

De todas las obras hidráulicas, la más peligrosa y ardua fue la excavación del monte Lungmen. Este monte, que cubría un área de varios cientos de kilómetros, yacía sobre la cuenca media del río Huanghe, cerrándole así el paso a la corriente, la cual sólo podía atravesar el lugar por un canal muy estrecho. Por eso, cada vez que había un diluvio, el río se desbordaba, inundando la tierra.

Da Yu participó en las obras de Lungmen. Bajo el sol ardiente de verano y desafiando el frío glacial, todos comían y dormían a la intemperie. Finalmente abrieron por cinco años un boquete en el monte y las aguas corrieron sin ningún obstáculo.

Cuando la obra fue completada, la alegría fue inimaginable. Hombres y mujeres, rodeando a Da Yu, vitoreaban sin cesar, en una forma tan atronadora, que el Palacio del Cielo se estremeció. Cuando el Soberano del Cielo echó una mirada hacia abajo, se sobrecogió de estupor, pues nunca había imaginado que los seres humanos tuvieran una energía tan enorme.

Posteriormente, Lungmen devino en un lugar encantado. Cada primavera, las carpas del río Huanghe acudían allí para reunirse y luego rivalizaban tratando de saltar por encima de la puerta Lungmen. Se dice que las que lograban hacerlo, se convertían en dragones. Las que no, se estrellaban contra las rocas. A pesar de eso, todas querían probar fortuna.

La mujer de Da Yu provenía del monte Tu-shan, en el Sur, y era conocida como la Muchacha de Tushan. Cuando se casó con ella, Da Yu sólo permaneció en casa cuatro días. Posteriormente, la mujer dio a luz un hijo al cual le puso Qi, nombre que había sido escogido por Da Yu en el momento de su partida. Qi significaba "ponerse en camino" y con él quería recordar el día que se despidió de su mujer y se puso en camino para someter las aguas.

La muchacha frecuentaba una colina que quedaba delante de la casa. Iba allí, llevando en brazos a su hijo, con la esperanza de que su marido regresara pronto. Inspirada, había compuesto una canción titulada "Esperando al hombre". Cuando la entonaba, lo hacía con sentimiento.

Cierta vez que se encontraba en la colina con su hijo, miró a lo lejos y vio que se acercaba un hombre: era su esposo. Pero, a primera vista, no lo reconoció. Da Yu, quien antes tenía un porte majestuoso, ahora se veía agotado, vestido de harapos y con las manos y los pies cubiertos de gruesos callos. Sólo sus ojos brillantes reflejaban como antes, su inteligencia y tenacidad.

La muchacha sintió alegría al vez que Da Yu regresaba pero también se condolió íntimamente al ver su aspecto. Cuando le pidió insistentemente que volviera a casa para descansar, él rehusó, argumentando:

  • ¡Es imposible! Los refugiados se encuentran aún bajo la amenaza de las aguas. ¡Ahora, lo urgente es salvar a la gente!
  • Pero puedes permanecer sólo por un tiempo — dijo la muchacha —. Además, es necesario que te remiende el vestido y debes ponerte otro par de sandalias de paja.
  • ¡Pero el tiempo es precioso! Ya sé que tú pasas dificultades porque no estoy en casa— dijo Da Yu, excusándose — pero no puedo hacer un alto en el camino cuando las aguas aún se desmandan.

Cuando terminó de decir esto, Da Yu tomó con sus manos al hijo y lo besó. Después de consolar a su mujer, se marchó sin volver la cabeza.

Así, durante el tiempo que duraron las obras para controlar las aguas, a pesar de haber pasado en tres oportunidades por delante de su casa, Da Yu no entró jamás en ella.

Transcurrieron los años y Da Yu iba a pie desde el Sur hasta el Norte, del lugar donde se levantaba el sol al lugar donde descendía, desafiando el viento y la lluvia, sin importarle la fatiga ni el peligro, para dirigir a los millares de personas que trabajaban en el control de las aguas. Después de trece años de esfuerzos, llenaron los abismos, excavaron los lagos y dragaron los ríos. Las llanuras volvieron a aparecer y la gente regresó a su lugar natal para iniciar una nueva vida.

Bajo la guía del valiente e inteligente Da Yu, la gente logró someter las aguas valiéndose de sus propias fuerzas, sin tener que suplicarle al Soberano del Cielo ni utilizar la "Tierra Viviente". Esto no solamente fue un mérito de Da Yu sino también el orgullo de la humanidad. En agradecimiento, todos estuvieron de acuerdo con que fuera soberano. Da Shun, que así se llamaba el soberano que gobernaba por aquella época, decidió cederle el trono a Da Yu, pues ya no se sentía fuerte a causa de la edad.

Según se dice, Da Yu fue el primer soberano de la dinastía Xia. Después de subir al trono, llamó a Po Yi y Gao Tao para que le ayudaran en la administración. Aunque todo estaba en orden en el imperio, Da Yu seguía preocupándose por la vida del pueblo. Frecuentemente realizaba giras por todas partes y ordenaba transportar productos de los lugares prósperos a los lugares más necesitados para que todos pudieran vivir en felicidad y trabajar en paz. Además, le enseñaba a la gente a plantar árboles en las pendientes y sembrar arroz en los terrenos ricos en aguas.

Entre los gobernantes de la antigüedad, Da Yu fue un soberano ilustre que hizo grandes contribuciones al pueblo. Por eso, las generaciones posteriores acuñaron el dicho "No ser inferior a Da Yu" para elogiar a los hombres de mérito.

Pan Gu, formador del mundo
Nü Wa, crea al hombre
Shen Nong probó las cien hierbas
Sui Ren produjo fuego
El agrónomo Hou Chi
Huang Di vence a Chi You
Hou Yi derribó los soles
Chang E se refugia en la luna
Yan Di, dios del sol
Jing Wei llenó el mar
Kua Fu persiguió al sol
Xing Tian
Dayu sometió las aguas
Fu Xi
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Sun Wukong